Ofrenda para periodistas asesinados

Publicado: 5 noviembre 2012 de Centro Independiente de Noticias en análisis, DD.HH./Violaciones, denuncias, México, Medios de Comunicación

[México / Campaña Permanente de Protección a Periodistas]

Discurso de Daniela Pastrana al presentar la Ofrenda para periodistas asesinados
Comisión de Derechos Humanos del DF
1 de noviembre de 2012

México D.F., 1 de noviembre de 2012 (Los Queremos vivos).-Luis Emmanuel Ruiz Carrillo fue asesinado dos semanas después de que cumplió 21 años. Trabajaba como fotógrafo en el rotativo La Prensa, de Saltillo, y estudiaba la licenciatura de Comunicación de la Universidad Metropolitana de Monclova. Quería ganar nuevamente el Premio Estatal de Periodismo, que ya había conseguido el año anterior. Tenía una novia, Gloria, y le iba a las Chivas.

“Fue una víctima casual. Había muchas cosas por delante para él”, declaró consternado Jesús Medina, director editorial de La Prensa, cuando se conoció el asesinato. Era un joven, dijo el veterano reportero, “muy entregado a su trabajo, sano, entusiasta, que estaba haciendo sus pasos en el periodismo”.

Luis Emmanuel era originario de Michoacán, pero tenía varios años avecindado en Coahuila, donde vivía con su madre y dos hermanas. Su padre había muerto en 2009. Él empezó a trabajar poco después de entrar a la universidad en el canal 4 de noticieros de Núcleo Radio Televisión. Luego llegó a La Prensa, donde trabajó los últimos ocho meses de su vida.

El 24 de marzo de 2011 viajó a la ciudad de Monterrey para entrevistarse con José Luis Cerda Meléndez, un popular animador de televisión que había superado su adicción a las drogas. Luis Emmanuel lo había conocido en una de las presentaciones del comediante en Monclova y le propuso hacer un documental sobre su vida. Quería centrarlo en la rehabilitación de la drogadicción y alcoholismo de Cerda Meléndez y Óscar Burgos, su mancuerna en el programa El Club. Pensaba usar el documental como tesis de licenciatura.

Ya no pudo hacerlo.

Ese jueves 24 de marzo, el fotógrafo, el comediante y un primo de éste, Juan Roberto Gómez Meléndez, salieron de las instalaciones de Televisa Monterrey y subieron al auto del animador. Una cuadra después, fueron interceptados por una furgoneta y un grupo de hombres armados los obligaron a subirse a ella. Nadie hizo nada.

Los cuerpos del joven fotógrafo y de Gómez Meléndez fueron localizados por la policía estatal a primera hora del viernes, en el kilómetro 262 al sur de la Carretera Nacional. Las imágenes de televisión los mostraron amarrados y con un balazo en la frente. Luis Emanuel –pantalón de cuadros y camiseta negra con una estrella blanca—quedó recargado sobre el otro cadáver.

Así, viendo las imágenes en la televisión, se enteraron su jefe y sus compañeros de trabajo de su muerte.

Más o menos a la misma hora, el cuerpo del comediante fue hallado en un terreno baldío cercano al Hospital Materno Infantil del municipio de Guadalupe. Quienes los asesinaron dejaron un mensaje escrito en una barda para los medios de comunicación que, según ellos, apoyan a otro grupo delictivo. Y en un despliegue extremo de poder, tres hombres se llevaron el cadáver durante las diligencias policiacas y horas después lo abandonaron nuevamente en otra zona de la ciudad.

La prensa nacional se ocupó del asesinato de Cerda Meléndez, pero muy poco espacio –apenas unas líneas—dedicó al joven periodista que lo acompañaba.

En Monclova, en cambio, el asesinato conmocionó a la sociedad. “La muerte de este joven que estaba en búsqueda de su sueño y que iniciaba su carrera profesional se vio truncada porque no están respondiendo las personas que deberían de responder y esto nos indigna a todos”, dijo el obispo Raúl Vera, quien ofició la misa en el funeral.

Luis Emanuel –dicen sus compañeros– era un joven alegre, trabajador, servicial, atento y buen amigo. Acostumbraba vestir de mezclilla, chaleco y cachucha. Rara vez sonreía para las fotografías familiares.

Su inseparable cámara de video quedó apagada en el asiento trasero del automóvil del que fue raptado. Dos meses después, la policía estatal presentó a dos hombres acusados del triple asesinato, que supuestamente pertenecían a una banda de secuestradores.

Las autoridades mexicanas no aclararon el móvil del crimen. Y nadie lo preguntó.

En mayo de 2012, un grupo de 72 periodistas asesinados en el mundo durante 2011 fueron incluidos en el Monumento del Newseum, de Washington. En la lista había 4 mexicanos. Uno de ellos, el más joven de todos, era Luis Emanuel.

Este texto está incluido en libro “Tu y yo coincidimos en la noche terrible”, de próxima publicación, que reúne las historias de periodistas asesinados en México contadas por periodistas vivos. Es una iniciativa del grupo de Nuestra Aparente Rendición para rescatar nuestra memoria.

Cuando me pidieron escribir este texto no sabía nada de Luis Emmanuel. Solo que lo habían matado que junto a un animador famoso y que los medios –ocupados en la fama del otro—apenas lo habían registrado.  Algunos de los medios, que se dicen importantes y serios, ni siquiera lo incluyeron en las notas.

Y no hubo condolencias oficiales, ni de los gobiernos estatales, ni del gobierno federal. No hubo una condena del Presidente, ni de los senadores, ni de los diputados. Vamos, ni un mensaje en twitter para la familia del joven periodista asesinado.

Comencé entonces a buscar información sobre mi “periodista asesinado”. El que me había tocado al azar, entre decenas de colegas asesinados en la última década.  Y pasé horas mirándolo en fotografías y videos, tratando de conocerlo, de pensar  en sus sueños. También lloré. Lloré mucho. Y sentí rabia cuando ví las imágenes de su cuerpo doblado y sin vida, tirado en el asfalto.

Era rabia contra los medios que, insolidarios o insensibles, publicaron las imágenes sin pensar en el dolor que provocaban a su madre, a sus hermanas, a sus amigos. Pero también, era rabia contra todos los que pudieron hacer algo para evitar esa muerte y no lo hicieron. Contra todos lo que han permitido que las periodistas y los periodistas en México nos convirtamos en nota mundial, cada vez que un nuevo informe repite que  “México es país más peligroso para ejercer el periodismo”. Una realidad que se ha vuelto cliché, lugar común, que a nadie incomoda.

Retomo aquí las palabras de Marcela Turati, fundadora de la red de Periodistas de a Pie, en el discurso que leyó el mes pasado, durante la entrega de los premios de periodismo Rostros de la Discriminación.

“Estamos hartos de hablar de esto. De hablar sin ser escuchados. De marchar arrastrando fotografías de los y las ausentes, alguna corona de flores, y de dejar las libretas y las cámaras manchadas de tinta rojo-sangre a las puertas de las oficinas de gobierno para denunciar que falta otro. Que otra voz fue silenciada. Que otra vez la palabra fue acribillada. Que otra zona del país quedó en silencio”.

Y sí, estamos hartos.

Porque con cada periodista asesinado, con cada periodista secuestrado o desaparecido, con cada periodista amenazado, obligado a exiliarse o a callarse, el país se va quedando sin testigos, sin ojos y sin voz. Dejamos de saber lo que pasa en nuestra cuadra. Nos vamos quedando sin observadores de los excesos del poder, sin fiscalizadores de la corrupción, sin denuncias de las violaciones de derechos humanos.

Y no es que seamos solo las víctimas, que no tengamos parte de la responsabilidad en lo que está ocurriendo en el país. Sabemos que también somos parte del problema. Que nos alejamos de la sociedad. Que, como gremio, permitimos que nos engullera un sistema político especializado en pervertir conciencias.

No somos ajenos a esa realidad.

Pero eso no justifica –nada justifica– este exterminio indiscriminado de periodistas. Ni la ofensiva institucional contra las voces críticas que sí hay dentro de la prensa. No justifica el exilio forzado de periodistas, ni la impunidad y el cinismo oficial frente a las zonas de silencio que se han convertido algunas regiones del país.

Por eso estamos cansados, también, de simular. De recibir llamadas pidiendo ayuda de nuestros colegas en los estados y al mismo tiempo escuchar los autoelogios de la clase gobernante porque aprobaron una ley de protección a periodistas que no se aplica o porque se inauguró en la ciudad de México un refugio que no funciona. De oir discursos defendiendo la libertad de expresión de parte de dueños y directivos de medios que no cuidan a su gente, que pagan una miseria a los reporteros y los mandan a trabajar sin un seguro de vida para su familia, o que despiden a los periodistas amenazados porque “en algo malo estarán” o porque “ponen en riesgo a la empresa”. De ver cada vez nuevos  informes –con gráficas y a colores– de organizaciones que se pelean por los recursos para la protección a periodistas y que nos dicen que estamos mal y seguimos peor, pero que  no son capaces de donar un día de salarios para comprar una despensa a un periodista exiliado.

Por eso estamos hartos.

Hartos de enterrar compañeros. De sentir miedo. De no poder dormir por las pesadillas. De venir a estos foros a reclamar que no haya impunidad.

Porque en México a los periodistas se nos asesina varias veces. A la muerte física se suma una muerte profesional. No conocemos el trabajo de los colegas asesinados. No sabemos por qué los mataron. Qué investigaban. Si eran buenos fotógrafos, como en el caso de Luis Emmanuel.

Pero además, se agrega una muerte moral. “En algo andaba”, se piensa cuando uno cae. “Se expuso demasiado”, “Se precipitó al salir corriendo”, dicen de los exiliados. “Está exagerando”, “Quiere ganar algo”, dicen de los que piden ayuda.

Hoy mismo, mientras hablamos de los periodistas asesinados, cumple cinco días desaparecida Adela Alcaraz, conductora de televisión en San Luis Potosí, un estado en el que, según la prensa nacional y según nuestros gobernantes, “no pasa nada”.

Y hoy mismo, aceptamos sin cuestionar una versión inverosímil del asesinato de Regina Martínez, corresponsal de Proceso en Veracruz. La mataron, según las palabras de la Procuraduría de Veracruz, por abrirle la puerta a unos “malvivientes” de su colonia.

Este homenaje es, pues, para ellas y ellos. Las periodistas y los periodistas asesinados y desaparecidos. Los que están en los registros de las organizaciones y los desconocidos (“nuestros N.I.”, como dice Marcela). Y  también para nuestros colegas que en este momento están muertos en vida, que esperan ser los próximos o han tenido que dejar atrás su vida para no serlo.

Es también una exigencia de justicia y dignificación de la profesión, que mantendremos hasta que recuperemos su memoria. Y hasta que matar periodistas en México tenga un castigo, y hasta que llevarlos al matadero por omisión o por el desprecio a nuestro trabajo tenga un costo para los dueños de los medios y gobernantes.

Me permito ahora recordar a cada uno de los colegas que ya no están, más que en los registros de periodistas asesinados y desaparecidos en México en esta última década.

Periodistas asesinados:

Luis Roberto Cruz MartínezPablo Pineda Gaucín, José Ramírez Puente, Hugo Sánchez Eustaquio (2000)

José Luis Ortega MataJosé Barbosa BejaranoSaul Antonio Martínez (2001)

Félix Alfonso Fernández GarcíaJosé Miranda Virgen (2002)

Gregorio Urieta (2003)

Roberto Javier Mora GarcíaFrancisco Javier Ortiz FrancoFrancisco Arratia SaldiernaGregorio Rodríguez Hernández (2004)

Dolores Guadalupe García EscamillaRaúl GibbJosé Reyes Brambila, Hugo Barragán Ortiz (2005)

José Manuel Nava SánchezMisael Tamayo HernándezEnrique Perea Quintanilla,  Jaime Arturo Olvera Bravo,  Brad WillRoberto Marcos GarcíaRamiro Téllez Contreras, Rosendo Pardo Ozuna, Raúl Marcial PérezJosé ValdésAdolfo Sánchez Guzmán (2006)

Amado Ramírez DillanesSaúl Noé Martínez OrtegaGerardo Israel García Pimentel (2007)

Armando Rodríguez Carreón, Alejandro Zenón Fonseca, Miguel Ángel Villagómez ValleTeresa Bautista MerinoFelicitas Martínez Sánchez David García MonroyFrancisco Ortiz MonroyBonifacio Cruz SantiagoAlfonso Cruz PachecoCandelario Pérez Pérez (2008)

Jean Paul Ibarra RamírezLuis Daniel Méndez HernándezCarlos Ortega SamperEliseo Barrón HernándezMartín Javier Miranda AvilésErnesto Montañez ValdiviaJuan Daniel Martínez GilNorberto Miranda MadridFabián Ramírez LópezBladimir Antuna Vázquez García,  José Emilio Galindo LópezJosé Alberto Vázquez LópezJosé Luis Romero (2009)

Valentín Valdez EspinosaJorge Ochoa MartínezJorge Rábago ValdezEvaristo Pacheco SolísJuan Francisco Rodríguez Ríos,  María Elvira Hernández Galeana,  Hugo Alfredo Oliveras CartasMarco Aurelio Martínez Tijerina,  Guillermo Eduardo Alcaraz Trejo,  Carlos Alberto Guajardo Romero,Luis Carlos Santiago (2010)

María Elizabeth Macías CastroHumberto Millán SalazarYolanda Ordaz,     Miguel Ángel López Velasco,  Miseal López Solana,  Pablo Ruelas Barraza, Noel López Olguín,  Luis Emmanuel Ruiz Carrillo,   Marcela Yarce(2011)

Regina Martínez Pérez, Gabriel HugeGuillermo LunaEsteban RodríguezMarco Antonio Ávila GarcíaVíctor Manuel Baéz Chino (2012)


Periodistas desaparecidos, a los que esperamos de vuelta:

José Antonio García Apac, Mauricio Estrada Zamora, María Esther Aguilar, Ramón Ángeles Zalpa (Michoacán).

Jesús Mejía Lechuga, Gabriel Manuel Fonseca Hernández, Miguel Morales Estrada (Veracruz)

Miguel Ángel Domínguez Zamora, David Silva, Pedro Argüello, Alejandro Plemmons (Tamaulipas).

Gamaliel López, Gerardo Paredes (Nuevo León).

Leodegario Aguilera, Marco Antonio López Ortiz (Guerrero).

Alfredo Jiménez Mota (Sonora).

Rafael Ortiz Martínez (Coahuila).

Rodolfo Rincón Taracena (Tabasco).

Federico García Contreras… y ahora Adela Jazmin Alcaraz (SLP)


Muchas gracias.

Publicada en Los Queremos vivos el 1 de noviembre de 2012

http://www.libertad-expresion.org.mx/

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